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sábado, 22 de noviembre de 2008

La Recolecta de Dios.

Quisiera empezar este artículo aclarando que las críticas que hago de la Biblia no parten del encono o ensañamiento que un ateo o agnóstico le pueda tener a Dios y a las ideas religiosas en general. Más bien todo lo contrario sucede a la hora de escribir estos artículos. Dos hechos desencadenan que yo (y cualquier otro ateo, humanista secular, librepensador, o como quiera llamársele) realice críticas y análisis de los textos bíblicos. El primero es la peligrosa tendencia de la gente a tomar como verdades absolutas e inobjetables los diferentes pasajes bíblicos, a pesar de que el libro en sí es totalmente inofensivo y más bien rico como texto literario y mitológico. El segundo hecho es el afán por conocer cómo funciona el mundo en general, y el afán por descubrir la verdad de las cosas; creer ciegamente en lo que diga un texto antiguo no me parece bueno ni saludable, mientras que analizar las ideas existentes y contrastar lo que dicen las tradiciones con la naturaleza y con la esencia humana me parece una salida mucho mejor tanto para uno mismo como para las demás personas.
Una vez dicho esto, quiero analizar el tema de los diezmos y lo que ello implica para un grupo religioso específico e incluso para una sociedad entera.
En la Biblia, Dios manda, en muchísimos pasajes, que todos deben diezmar como ofrenda y sacrificio a Él. Pero, ¿qué significa el término diezmo? Diezmo hace alusión a la décima parte de lo que uno produce como fruto de su trabajo. Así, en la Biblia, podemos encontrar peticiones como esta:

Y allí llevaréis vuestros holocaustos, vuestros sacrificios, vuestros diezmos, y la ofrenda elevada de vuestras manos, vuestros votos, vuestras ofrendas voluntarias, y las primicias de vuestras vacas y de vuestras ovejas.”

Deuteronomio 12, 6.

Lo que significa que Dios dispuso un sitio especial al cual todos deberían llevar sus diezmos en señal de respeto y adoración hacia Él. Una vez en tal lugar, el diezmo representado por los animales domésticos y por el fruto de la tierra, deberían ser comidos por los diezmadores, los sacerdotes, y los levitas. Cabe señalar que los levitas (de la tribu de Leví) fueron escogidos por Dios para que se encarguen del ministerio de las ofrendas y el tabernáculo. Es decir, ellos verían los beneficios de los diezmos.
Esto va tomando un aspecto mucho más politizado: el beneficio de unos cuantos privilegiados y la obligación de las masas a pagar impuestos y otros pagos para que estos privilegiados puedan subsistir y enriquecerse cada vez más.
Pero antes de comentar más al respecto, veamos otro aspecto aún más revelador de los diezmos:

Indefectiblemente diezmarás todo el producto del grano que rindiere tu campo cada año. Y comerás delante de Jehová tu Dios en el lugar que él escogiere para poner allí su nombre, el diezmo de tu grano, de tu vino y de tu aceite, y las primicias de tus manadas y de tus ganados, para que aprendas a temer a Jehová tu Dios todos los días. Y si el camino fuere tan largo que no puedas llevarlo, por estar lejos de ti el lugar que Jehová tu Dios hubiere escogido para poner en él su nombre, cuando Jehová tu Dios te bendijere, entonces lo venderás y guardarás el dinero en tu mano, y vendrás al lugar que Jehová tu Dios escogiere; y darás el dinero por todo lo que deseas, por vacas, por ovejas, por vino, por sidra, o por cualquier cosa que tú deseares; y comerás allí delante de Jehová tu Dios, y te alegrarás tú y tu familia. Y no desampararás al levita que habitare en tus poblaciones; porque no tiene parte ni heredad contigo. Al fin de cada tres años sacarás todo el diezmo de tus productos de aquel año, y lo guardarás en tus ciudades. Y vendrá el levita, que no tiene parte ni heredad contigo, y el extranjero, el huérfano y la viuda que hubiere en tus poblaciones, y comerán y serán saciados; para que Jehová tu Dios te bendiga en toda obra que tus manos hicieren.”

Deuteronomio 14, 22-29.

Como podemos ver en esta parte del Deuteronomio, no sólo Dios aceptaba animales y plantas cultivadas como ofrendas. Sino que da una opción alternativa: si por la distancia o por otros motivos no se pueden llevar animales y plantas al lugar destinado por Dios, puede ofrendarse el equivalente en dinero. Y he aquí el quid del asunto de los diezmos. Uno podría pensar y darse cuenta al instante que para las personas de aquellos tiempos (para las que fueron hechas estas leyes) era muy difícil movilizarse grandes distancias con animales o productos alimenticios perecibles. Así, que más efectivo y más fácil hubiera resultado llevar el dinero equivalente. Hasta aquí, podría haber el que diga: ¿Y qué, si estas ofrendas eran para Dios?¿Dónde está el truco aquí?
Bueno pues, hay dos cosas que no tienen sentido: Primero que nada, ¿para qué necesita Dios animales y alimento? Segundo, ¿No es más factible que estos mandatos hayan sido preparados por las clases dominantes de algún grupo en especial con el fin de manejar y recabar impuestos y bienes de la masa que se pretendía controlar? Es evidente; no hay mejor manera de enriquecerse y obtener alimento y dinero que mediante las ofrendas y los diezmos. ¿Sino, a dónde iría el dinero generado por la venta de los animales y alimento realizada en el sitio de ofrendas? La respuesta es más que obvia.
En el caso de la historia contada en la Biblia, se dice que de todos los pueblos de Israel, que eran 12, los levitas solo eran uno de ellos. Por lo que ellos se encargaban de las ofrendas y diezmos de los otros 11 pueblos. ¿Acaso no era algo muy rentable y beneficioso para ellos? Apuesto a que sí.
Además, en muchas partes de la Biblia se hace evidente la preferencia de Dios por los de Leví:

El varón que vendiere casa de habitación en ciudad amurallada, tendrá facultad de redimirla hasta el término de un año desde la venta; un año será el término de poderse redimir. Y si no fuere rescatada dentro de un año entero, la casa que estuviere en la ciudad amurallada quedará para siempre en poder de aquel que la compró, y para sus descendientes; no saldrá en el jubileo. Mas las casas de las aldeas que no tienen muro alrededor serán estimadas como los terrenos del campo; podrán ser rescatadas, y saldrán en el jubileo. Pero en cuanto a las ciudades de los levitas, éstos podrán rescatar en cualquier tiempo las casas en las ciudades de su posesión. Y el que comprare de los levitas saldrá de la casa vendida, o de la ciudad de su posesión, en el jubileo, por cuanto las casas de las ciudades de los levitas son la posesión de ellos entre los hijos de Israel.”

Levítico 25, 29-33.

¿Preferencias? Tal parece que sí. Aunque más que decir que eran preferencias de Dios, como dice en la Biblia, lo que se hace evidente es que los mismos levitas (o los que hayan diseñado esta historia con el fin de manejar el poder sobre otros) fueron los que se pusieron la etiqueta de “elegidos por Dios”. Qué manera más efectiva de someter a los pueblos, que con la excusa de que Dios ha hablado y ha mandado ciertos mandatos. Así estos mandatos favorezcan a alguien en particular, no serán fácilmente criticados ni objetados debido a la idea de que provienen de un ser todopoderoso y omnisapiente como se considera al Dios bíblico.
Pero volvamos al tema de los diezmos. En otra parte de la Biblia, podemos leer las palabras atribuidas al mismísimo Dios:

Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos. Desde los días de vuestros padres os habéis apartado de mis leyes, y no las guardasteis. Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros, ha dicho Jehová de los ejércitos. Mas dijisteis: ¿En qué hemos de volvernos? ¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado. Traed todos los diezmos al granero y haya alimento en mi casa.”

Malaquías 3, 6-10.

Este último párrafo es la cereza sobre el pastel en lo que se refiere a los diezmos; no sólo Dios manda diezmar a todos, sino que el que no diezma es considerado como ladrón. Y debido a esto recibirá maldición tras maldición.
Lo que me pregunto yo es: ¿dónde quedó el Dios infinitamente bueno, infinitamente justo, infinitamente sabio, e infinitamente misericordioso? Porque en éste (y muchísimos otros pasajes de la Biblia) no aparece ni por atisbo.
Lo que sí es seguro es que aún hoy, los diezmos son una excusa muy buena para el enriquecimiento de unos pocos (véase líderes de las diferentes religiones institucionalizadas). En la actualidad, millones de personas otorgan el 10% de sus sueldos y salarios a las iglesias a las que pertenecen. Y lo más curioso es que todo ese dinero es destinado a trivialidades: embellecimiento de los templos; viajes de retiro; y cubrir los gastos de los pastores, curas, monjas, y otros miembros eclesiásticos; entre otras cosas. Pero, ¿no sería acaso mejor utilizado dicho dinero para ayudar a los pobres, enfermos, necesitados? Y con ayuda no me refiero a regalarle un vaso de leche o una chompa para abrigarse, sino por ejemplo, a crear programas para la educación constante y la alfabetización de niños pobres; programas de tratamiento a largo plazo para personas con enfermedades difíciles de curar; y muchas otras actividades que sí podrían beneficiar significativamente a millones de personas en situaciones no deseables. Sin embargo, eso no sucede, por lo que me sigo preguntando: ¿a dónde va todo ese dinero? No son cientos o miles de dólares. No. Son millones de dólares al año por diferentes denominaciones religiosas. Y todo ese dinero está libre de impuestos. Aún así, supongo que hay gente dentro de las religiones que sí se preocupa por aspectos como los que he mencionado, pero sólo son grupos minoritarios.
Así, y hablando en general, los diezmos en la actualidad constituyen la forma más efectiva de obtener dinero libre de todo impuesto y escrutinio: el robo más efectivo que existe y que ha existido en nuestra historia.

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